Este blog, dedicado al comentario y la crítica de libros, quiere ser tanto un pequeño aporte en el desarrollo de la afición a la lectura como una especie de foro en el que las visitas intercambien opiniones entre sí y con el blogger acerca de las obras expuestas.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El mar, de John Banville


El mar
Trad: Damián Alou
Editorial Anagrama
Barcelona, 2014

Bajo un punto de vista meramente estilístico o, por decirlo de otra forma, como objeto textual, este libro es magnífico. Desde la primera frase, “Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea”, se suceden párrafos y páginas enteras verdaderamente memorables. Banville es, sin duda, un maravilloso creador de atmósferas, aspecto de literatura que siempre me ha parecido fundamental, posiblemente el que más valoro. Tal vez porque considero que la vertiente poética de cualquier obra literaria constituye un elemento indiscutible a la hora de su evaluación. Lo que no implica que lo poético vaya necesariamente asociado a lo heteróclito. En lo que a poeticidad, o literariedad, se refiere, fui siempre seguidor de los formalistas rusos y, al día de hoy, no he modificado mi opinión en ese asunto.
Es, pues, “El mar”, de este autor irlandés, evocador, sugerente, gozoso en sí mismo como pieza musical, al margen de su efectividad narrativa, de lo que se cuenta. Y es que lo que se cuenta, sin hacerse acreedor a un suspenso y a la luz de las expectativas que despierta en el lector la brillante sinfonía verbal, deja mucho que desear. Se diría que, tras la estupenda puesta en escena, esperamos unos acontecimientos que, tanto en su anécdota como en su fondo, nos sorprendan e iluminen. Y no. No sucede eso. El narrador-protagonista, tras un doloroso acontecimiento que destroza su vida, se va al pueblo costero en el que veraneaba en su niñez. Allí, instalado en un hotelito, rememora aquellos estíos: lo que, como queda dicho, Banville resuelve con maestría. Ocurrir, no ocurre nada especialmente reseñable. Unos pintorescos amigos y su final, más onírico que dramático, o la pequeña sorpresa última (insperada, sí, pero carente de fuerza como explosión de cohete húmedo en el contexto de tan estupendo cedazo textual) justifican a duras penas el relato como tal. Posiblemente no sea tarea fácil cubrir en una misma obra poeticidad y eficacia narrativa. O bien es raro el autor que domina ambas cosas a un tiempo. Pero haberlos los hay. Un ejemplo (y no el único) es Alessandro Baricco.
Dicho esto sólo resta afirmar que la lectura de esta novela merece la pena, aunque sólo sea por el disfrute de la exquisitez de su prosa.

jueves, 14 de julio de 2016

Una pena en observación, de C. S. Lewis


Una pena en observación
Traducción: Carmen Martín Gaite
Editorial Anagrama
Barcelona, 1994

C. S. Lewis, el autor irlandés de la saga fantástica “Las Crónicas de Narnia” entre otras obras, se casó en 1956 con la poetisa estadounidense Joy Gresham, diecisiete años más joven que él. Lo que en principio fue un matrimonio simplemente aceptado por el escritor para que su amiga pudiese conseguir el permiso de residencia que le había sido negado por el gobierno inglés, lo redescubrieron pronto ambos como un amor apasionado. Tras diagnosticársele a Joy un cáncer de hueso, muere en 1960, dejando a Lewis completamente desolado. Esta historia se ha recreado en la película de Richard Attenborough, “Tierra de penumbras”, que puede verse entrando en este link.
Después de la muerte de su esposa, C. S. Lewis escribe en varios cuadernos las notas que darán origen al libro que comento.
Aunque, al menos en esta edición española, “Una pena en observación” está publicado dentro de una colección de narrativa, no se trata de un texto que pueda enmarcarse dentro de ninguno de los géneros etiquetados como tal. Ni es una novela, ni larga ni corta, ni son cuentos. En caso de querer clasificarlo tendríamos que meterlo bajo el amplio cobijo del ensayo literario. Es, sin embargo, lo de menos a la hora de abordar esta pequeña obra maestra en la que el escritor desnuda su alma herida, con una sinceridad y una maestría equiparables.
Inmerso en el duelo de la pérdida, busca respuestas de manera desgarrada y lúcida a un tiempo, poniendo bajo la lupa de su reflexión a su propio sufrimiento, a la amada desaparecida, a Dios y su silencio.
Si hay que señalar un rasgo sobresaliente de este libro, aparte de su indudable poesía y su profundidad meditativa, es, insisto, su sinceridad sin concesiones a nadie, empezando por el mismo autor. La autocrítica sin masoquismo está presente como un escalpelo que no duda en hendirse a la hora de sacar la verdad a la luz. “Por primera vez he vuelto atrás y he estado leyendo estas notas. Me he quedado horrorizado. Por la forma en que he venido hablando, cualquiera tendría derecho a pensar que lo que más me importa de la muerte de H. son sus efectos sobre mí mismo”(...) “¿Qué clase de amante soy yo, pensando tan sin cesar en mis tribulaciones y tan poco en las de ella?” (…)“Seguramente la fe –creo que será fe- que me permite rezar por los otros muertos me ha parecido fuerte sólo porque no me ha importado en realidad…”. También cuestiona al destino y a Dios y se rebela: “El destino (o lo que quiera que sea) se deleita en crear una gran capacidad para luego frustrarla. Beethoven se quedó sordo. Medido por nuestro rasero, una broma cruel; la sarcástica triquiñuela de un imbécil rencoroso”. Duda, se atormenta por la suerte de su esposa: “Me dicen que H. es ahora feliz, me dicen que descansa en paz. ¿Qué les hace estar tan seguros de esto?”(...)“«Porque ella ahora está en las manos de Dios». Pero si esto fuera así, tendría que haber estado en manos de Dios todo el tiempo, y yo he sido testigo del trato que esas manos le dieron en la tierra. ¿Van a volverse más cariñosas para nosotros justo en el momento en que nos escapamos del cuerpo? ¿Y por qué razón? Si la bondad de Dios no es consecuente con el daño que nos inflige, una de dos: o Dios no es bueno, o no existe; porque en la única vida que nos es dado conocer nos golpea hasta grados inimaginables, nos hace un daño que supera nuestros más negros presagios. Y si Dios es consecuente al hacernos daño, puede seguírnoslo haciendo después de muertos de una forma tan insoportable como antes”. Para darnos cuenta del alcance de estas reflexiones, hemos de considerar que estamos ante un inteligentísimo apologeta del cristianismo, ateo en su juventud. Su encarnizada lucha consigo mismo y con Dios recuerda la pelea de Jacob con el ángel o al Blas de Otero de “Ángel fieramente humano” o “Redoble de conciencia”.
Después de la pugna y, tras poner en solfa la validez del mismo texto que escribe (“¿Por qué le doy cabida en mi mente a tanta basura y bagatela? ¿Acaso espero que disfrazando de pensamiento a mi sentir, voy a sentir menos intensamente? ¿No son todas estas notas las contorsiones sin sentido de un hombre incapaz de aceptar que lo único que podemos hacer con el sufrimiento es aguantarlo?”), tras pasar por las fases de negación, negociación y aceptación tantas veces descritas por psicólogos y tanatólogos, una experiencia casi mística (no sabemos si real o inventada -¿qué es lo real?-) lo conduce a un reencuentro con su mujer. Finalmente, cierra el libro con unas hermosas y esperanzadoras líneas: “¡Qué cruel sería convocar a los muertos caso de que pudiéramos hacerlo! Ella dijo, no dirigiéndose a mí, sino al sacerdote: «Estoy en paz con Dios». Y sonrió. Pero no me sonreía a mí. Poi si tornò all’terna fontana.
“Una pena en observación” es, por un lado, ya lo he dicho, una pequeña joya de la literatura universal. Por otro, un texto altamente recomendable para quienes han perdido a un ser amado, así como para figurar entre las lecturas de psicólogos y tanatólogos. También tiene sus lectores contraindicados. Ni ateos ni fanáticos religiosos deberían aventurarse en sus páginas, pues sólo conseguirán agarrar un cabreo inútil.

viernes, 8 de julio de 2016

La mano de Dios, de Juan Villa


La mano de Dios
Editorial Point de lunettes
Sevilla, 2016

Sigue deambulando Juan Villa  en los cinco relatos que conforman el volumen “La mano de Dios”, como en casi toda su obra anterior, por tierras almonteñas y, más en concreto, por el ámbito de Doñana. Si las cuatro primeras narraciones, que se encuadran dentro del género del cuento corto, mezclan el humor con el patetismo y, a ratos, con una tierna ingenuidad, la última, “Los almajos”, novela corta, supone una inflexión amarga que no deja lugar a la risa. Y, no sé si en consonancia con sendos tonos, mientras que “Pregúntale a la culebrita”, “La mano de Dios”, “La crisis de los misiles” y “Un gran salto”, giran en torno a personajes de una contextura psíquica primitiva que propicia lo chusco dentro de la crítica social, así el “meteorólogo” Orejita, los habitantes del Majadal aterrados por la “ira divina” (acertadísima e hilarante metáfora de un poder no tan gracioso), Antonia y su admirado e “infalible” Isaac Cartagena o el genial epígono de Marconi, Epifanio Otero, por otro lado, digo, el personaje central de “Los almajos”, Fabián, crepuscular, triste, se mueve en todo momento dentro de una espiral trágica trazada a un ritmo de adagio que impregna con su melancolía incluso momentos que, en otro contexto, podrían ser humorísticos.
En esta novela corta retoma Juan Villa la cosmovisión de sus dos primeras, “Crónica de las arenas” y “El año de Malandar”, sobre todo de la primera, aunque también la podamos ver en los cuentos que la preceden (incluso algún personaje conocido, como un joven teniente de carabineros protagonista de “El año de Malandar”, hace un cameo, valga el término cinematográfico, en la segunda página de “Un gran salto”). En ese mismo ambiente de postguerra, denso, opresivo, miserable, sobre un telón de fondo deprimente, borrascoso, en el que una lluvia incesante subraya la sordidez, Fabián pasa revista a una existencia transcurrida a contrapelo entre la fatalidad y sentimientos de culpa infundados, mientras su destino se decide en el lapso de una partida de tute, símbolo que se finge fortuito, un destino que puede ser también el del Nano o el de Muriel o el de cualquiera a quien le toque en esa tierra en la que la vida llega a negarse a sí misma empujada por la desdicha y la penuria.
La estructura, circular, adaptada así al callejón sin salida existencial que plantea la historia, contrae el tempo narrativo a la duración de una partida de cartas, encajando en él acontecimientos sucedidos en varios lustros.
Los personajes, de dibujo marcadamente expresionista, como suelen serlo en este autor, casi parecen, por sus contrastes, salidos de un aguafuerte, desde el superviviente (o vividor) y cínico Mejías, por poner unos cuantos ejemplos, pasando por el pobre mudito Bernabé, representante de la inocencia, hasta Granada, extraño espécimen en tal caldo de cultivo, inminente esposa de Fabián e involuntaria detonante, o el cura don Bernardo, que recuerda a un personaje de Guareschi pero en vicioso. Tal como Fabián, con ciertas rectificaciones psicológicas, me ha evocado, por su problemática vital entre otras cosas, a Mersault, el personaje central de “El extranjero”, de Albert Camus, concomitancia creo que inevitable de una forma absoluta en cualquier héroe existencialista.




jueves, 7 de julio de 2016

Ácido sulfúrico, de Amélie Nothomb


Ácido sulfúrico
Trad: Sergi Pàmies
Editorial Anagrama
Barcelona, 2007

En este libro, que quiere ser una crítica feroz a una sociedad inmunizada contra el dolor ajeno, es patente la influencia de “¿Acaso no matan a los caballos?”, de Horace McCoy, llevado al cine por Sydney Pollack con el nombre de “Danzad, danzad, malditos”. De la misma manera en que nosotros contemplamos sin inmutarnos las masacres que nos transmiten los noticiarios mientras nos zampamos tranquilamente nuestro bistec, en “Ácido sulfúrico” los espectadores del programa televisivo “Concentración”, un reality show al modo de Gran Hermano en plan bestia, disfrutan de las humillaciones y maltratos, incluyendo penas de muerte, infligidos a los participantes forzosos y elegidos al azar en redadas callejeras.
Los personajes, divididos en franjas suficientemente delimitadas, metaforizan la injusticia social implícita en una diversidad de destinos concebidos para beneficiar a unos a costa del cruel sacrificio de otros: las víctimas que sufren, los kapos que ejecutan su labor de verdugos, los organizadores que se lucran y los espectadores, representantes de la mayoría social, verdaderos culpables, tal y como denuncia el personaje central, Pannonique, chica angelical e inteligente, investida de un cierto aura mesiánico, que conduce a todos a la liberación con la paradójica ayuda de su contratipo, su gemela del lado tenebroso, Zdena, enamorada de ella y a la que gana para la causa del bien.
La idea, como apunto al inicio de esta nota, no es nueva. También es la tesis central de la película de Bertrand Tavernier “La muerte en directo”, basada en la novela  “The Unsleeping Eye”, de David G. Compton y, de una u otra forma, de “Freaks”, de Tod Browning, o “El hombre elefante”, de David Lynch, por poner algún ejemplo. Todos estos libros y filmes son acusaciones a la conversión del sufrimiento ajeno en espectáculo y, fundamentalmente, a la sociedad que permite y, así, alienta este fenómeno y el sistema que hace posible esa sociedad. Dicho esto, no hay ningún elemento que haga destacar a la novela de Nothomb sobre los otros relatos citados. La distingue, eso sí, su contextualización en nuestra época de ridículos programas televisivos, como “Gran Hermano”, “Supervivientes”, etc, de los que hace una salvaje reducción al absurdo y a los que utiliza como símiles para señalar a la misma realidad como espectáculo (vid. Guy Debord), con sus injusticias, hambrunas, epidemias y guerras. Es, sin duda, una novela testigo de nuestra época. Aunque creo (tal vez sea una cuestión de gusto personal) que, al incurrir en una excesiva estilización que la convierte en inopinada caricatura, pierde fuelle y eficacia.

viernes, 24 de junio de 2016

El país de los ciegos, de H. G. Wells


El país de los ciegos
Trad: Javier Calvo
Editorial Acantilado
Barcelona, 2004

Igual que en otras de sus obras (“La máquina del tiempo”, por ejemplo), H. G. Wells aborda en este relato el tema de la distopía, de manera alegórica y, como es frecuente en él, situándose, más o menos, dentro del género de la literatura fantástica.
En las primeras páginas, se cuenta el pretendido origen de una leyenda que habla de un valle aislado en el que todos son ciegos. El personaje central, Núñez, un montañero que llega hasta el lugar accidentalmente, relaciona el sitio con el refrán “En el país de los ciegos el tuerto es el rey”. No tardará en darse cuenta de lo erróneo de tal dicho. Si bien al principio siente una cierta conmiseración por los pobres ciegos, la testaruda e inamovible visión (o, mejor, no visión) de la realidad en que estos se mantienen, con prepotencia y desprecio hacia ese recién llegado que pronuncia palabras “inexistentes” y “absurdas”, como “ver” o “color”, lo inclinará a cambiar de actitud y a que sus deseos de ayudarlos se tornen en una voluntad de dominación que, dada su ventaja visual, presume sumamente fácil. No sólo no será así sino que, tras una historia de amor que está a punto de culminar de una macabra manera (desde el punto de vista de nuestros valores), se ve obligado a huir del legendario valle.
El relato es una crítica de la ignorancia y del desprecio de la lucidez de que la sociedad hace frecuentemente gala, aplicable a muchos niveles existenciales.
Su defecto, aunque tal vez esto no sea más que una apreciación personal, radica en su naturaleza alegórica. Creo que la alegoría, susceptible sólo de una lectura rígida, unívoca, esclerotizada, no es sino una degradación del símbolo, dinámico, vivo, y de interpretación múltiple. Y eso es lo que empobrece esta narración de Wells, tan brillante y profundo en otras ocasiones, como en “La puerta en el muro”, que ya tuve ocasión de comentar.

martes, 21 de junio de 2016

Concierto barroco, de Alejo Carpentier


Concierto barroco
Editorial Siglo XXI
Madrid, 1978

El argumento de esta novela, bien simple y lineal, es lo de menos en ella. Un indiano rico viaja de México a Europa. Al recalar en Cuba, su criado muere y contrata a otro, Filomeno, en la isla. Visitan varios lugares de España para arribar, finalmente, a Venecia, donde disfrutan de su carnaval y, en una de las muchas piruetas cronológicas del relato, motivan el nacimiento de la ópera “Montezuma”, de Antonio Vivaldi, de cuya creación y estreno son testigos. Un “desenlace” crepuscular, en el que el viajero regresa a casa dejando atrás a Filomeno inmerso en el continuo y fatal hundimiento de la ciudad de los canales, es roto en un último momento por lo que podría ser el “Allegro con brío” de un concierto de Louis Amstrong. Y es que este “Concierto barroco” (que transcurre a través de la música y hablando de música) lo hace, en cierta forma, en clave musical. Lo vemos arrancar en el Allegro de la partida, para transcurrir después en un largo, un adagio, por ej, la triste muerte de Francisquillo, el primer criado, y continuar en un largo (por ejemplo, repito) e ir alternando los distintos movimientos hasta cerrar con una inopinada intervención de jazz. Que no será la única aparente incongruencia en una historia en la que Vivaldi y Haendel desayunan cerca de la tumba de Stravinsky. En medio de esta feria de disparates, que Vivaldi se encarga de justificar en el capítulo 7: “No me joda con la Historia en materia de teatro –le dice al indiano ante sus protestas de que la ópera “Montezuma” no es fiel a los hechos-. Lo que cuenta aquí es la ilusión poética…”, se le hace difícil al lector no avisado reparar en la autenticidad de, por ejemplo, el “Ospedale della Pietá” –donde realmente trabajó Antonio Vivaldi- y sus niñas músicas, que no han salido del magín de Carpentier. Lo cual sólo importa en la medida en que sirve como apoyo del virtuosismo textual del que hace alarde el escritor cubano, sumergiéndonos a través de sus palabras sabiamente trabadas en un espacio-tiempo que no obedece más leyes que las que le impone el arte y la poesía. Constantes alusiones intertextuales, al Quijote, a Hamlet, a Otelo, constituyen otras tantas de las especias que dan sabor y aroma a este exquisito guiso, ficción fruto de un magnífico maridaje entre el exotismo americano y la vieja civilización europea. En lo que se refiere a la vertiente ideológica (que podría atisbarse, por ejemplo, en la postura final americanista, casi indigenista, del indiano, o la actitud casi revolucionaria del criado negro) palidece ante lo realmente importante aquí, insisto, que es el texto mismo, su poesía, su música, su juego, aspecto lúdico para el que Carpentier no pierde ocasión. Como una en la que se alude a un concierto improvisado en el Ospedale, “Buena música tuvimos anoche” –dijo Montezuma, por desviar a los demás de una tonta porfía. –“¡Bah! ¡Una mermelada!” -dijo Jorge Federico. –“Yo diría más bien que era como una jam sesión” –dijo Filomeno…”. El subrayado es mío para resaltar el juego. En inglés, jam, aparte de formar parte de la expresión jam sesión, una interpretación jazzística grupal improvisada, significa también mermelada. Naturalmente, esta pequeña broma lingüística, que no pasa de ser eso, una broma, no es lo que convierte esta obra en una joya literaria. Lo que hace de ella prodigio fascinante es, por sobre todo, una prosa del siguiente tenor, común a todo el libro: “En gris de agua y cielos aneblados, a pesar de la suavidad de aquel invierno; bajo la grisura de nubes matizadas de sepia cuando se pintaban, abajo, sobre las anchas, blandas, redondeadas ondulaciones —emperezadas en sus mecimientos sin espuma— que se abrían o se entremezclaban al ser devueltas de una orilla a otra; entre los difuminos de acuarela muy lavada que desdibujaban el contorno de iglesias y palacios, con una humedad que se definía en tonos de alga sobre las escalinatas y los atracaderos, en llovidos reflejos sobre el embaldosado de las plazas, en brumosas manchas puestas a lo largo de las paredes lamidas por pequeñas olas silenciosas; entre evanescencias, sordinas, luces ocres y tristezas de moho a la sombra de los puentes abiertos sobre la quietud de los canales; al pie de los cipreses que eran como árboles apenas esbozados; entre grisuras, opalescencias, matices crepusculares, sanguinas apagadas, humos de un azul pastel, había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listados de caramelo y palo de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas. De pronto, añadiendo su sinfonía a la de banderas y enseñas, se prendieron las linternas y faroles de los buques de guerra, fragatas, galeras, barcazas del comercio, goletas pesqueras, de tripulaciones disfrazadas, en tanto que apareció, tal una pérgola flotante, todo remendado de tablones disparejos y duelas de barril, maltrecho pero todavía vistoso y engreído, el último bucentauro de la Serenísima República, sacado de su cobertizo, en tal día de fiesta, para dispersar las chispas, coheterías y bengalas de un fuego artificial coronado de girándulas y meteoros... Y todo el mundo, entonces, cambió de cara. Antifaces de albayalde, todos iguales, petrificaron los rostros de los hombres de condición, entre el charol de los sombreros y el cuello del tabardo; antifaces de terciopelo obscuro ocultaron el semblante, sólo vivo en labios y dientes, de las embozadas de pie fino. En cuanto al pueblo, la marinería, las gentes de la verdura, el buñuelo y el pescado, del sable y del tintero, del remo y de la vara, fue una transfiguración general que ocultó las pieles tersas o arrugadas, la mueca del engañado, la impaciencia del engañador o las lujurias del sobador, bajo el cartón pintado de las caretas de mongol, de muerto, de Rey Ciervo, o de aquellas otras que lucían narices borrachas, bigotes a lo berebere, barbas de barbones, cuernos de cabrones. Mudando la voz, las damas decentes se libraban de cuantas obscenidades y cochinas palabras se habían guardado en el alma durante meses, en tanto que los maricones, vestidos a la mitológica o llevando basquiñas españolas, aflautaban el tono de proposiciones que no siempre caían en el vacío. Cada cual hablaba, gritaba, cantaba, pregonaba, afrentaba, ofrecía, requebraba, insinuaba, con voz que no era la suya, entre el retablo de los títeres, el escenario de los farsantes, la cátedra del astrólogo o el muestrario del vendedor de yerbas de buen querer, elixires para aliviar el dolor de ijada o devolver arrestos a los ancianos. Ahora, durante cuarenta días, quedarían abiertas las tiendas hasta la medianoche, por no hablarse de las muchas que no cerrarían sus puertas de día ni de noche; seguirían bailando los micos del organillo; seguirían meciéndose las cacatúas amaestradas en sus columpios de filigrana; seguirían cruzando la plaza, sobre un alambre, los equilibristas; seguirían en sus oficios los adivinos, las echadoras de cartas, los limosneros y las putas —únicas mujeres de rostros descubiertos, cabales, apreciables, en tales tiempos, ya que cada cual quería saber, en caso de trato, lo que habría de llevarse a las posadas cercanas en medio del universal fingimiento de personalidades, edades, ánimo y figuras. Bajo las iluminaciones se habían encendido las aguas de la ciudad, en canales grandes y canales pequeños, que ahora parecían mover en sus honduras las luces de trémulos faroles sumergidos”.


martes, 7 de junio de 2016

Fantasmas, de Paul Auster


Fantasmas
Trad: Maribel De Juan
Editorial Anagrama
Barcelona, 1997

Como en las otras dos novelas que conforman, con ésta, la “Trilogía de Nueva York”, “La habitación cerrada” y “Ciudad de cristal”, Paul Auster aborda en “Fantasmas” el tema de la identidad. En esta ocasión, de una manera especular que hace previsibles los acontecimientos casi desde el principio. Esto, curiosamente, no le resta interés a la narración sino que, paradójicamente, impele al lector a seguir leyendo en busca de la clave que confirme o refute sus sospechas. Aunque el relato resulte un tanto plano, el dominio del oficio permite al autor salir airoso de su cometido. No es fácil captar la atención del lector con una pieza sin principio ni final. Prácticamente, no sabemos nada del origen de la trama ni de los personajes ni la historia acaba de resolver el enigma. Es decir, ni tiene un comienzo propiamente dicho, ni un nudo ni un desenlace. No es lineal. Tampoco  arranca “in medias res” ni “in extremis”. En esta indefinición, ciertamente fantasmal, reside precisamente, creo, su interés, su dificultad y su mérito.
La trama es sencilla. Toda la complejidad deriva del juego de espejos confrontados que va desarrollando el texto. Blanco encarga a Azul, detective discípulo de Castaño, que vigile a Negro (no se sabe ni se sabrá para qué), para lo que le facilita un apartamento frente al de éste, y que le envíe periódicamente informes escritos de todo lo que observe. Ya está. El germen de lo que, a partir de esa situación, va a ocurrir, se sugiere en un párrafo casi al comienzo. Azul vigila a Negro. “De vez en cuando Negro hace una pausa en su trabajo y mira por la ventana. En un momento dado Azul cree que le está mirando directamente a él y se retira”. En lo que se refiere a los nombres de los personajes, todos de colores excepto cuando son ficciones dentro de la ficción, al margen de que los apellidos con nombres de color son muy comunes en la lengua inglesa, el asunto tiene, sin duda, su vertiente simbólica que enriquece y matiza la lectura, toda vez que, por ejemplo y según Schneider citado por Cirlot, “El azul, entre el blanco y el negro (día y noche) indica un equilibrio…”. Pero, por otra parte, el azul se asimila al negro, se identifican. Etcétera.

sábado, 28 de mayo de 2016

La puerta en el muro, de H. G. Wells


La puerta en el muro
Trad: R. Vilagrassa
Editorial Acantilado
Barcelona, 2003

Difícil es encontrar este pequeño relato mencionado entre las principales obras del autor, a pesar de que se trata de una de las mejores, por encima de “La máquina del tiempo”, “La guerra de los mundos” o “El hombre invisible”, si no la mejor. Lo leí por primera vez en su versión original en inglés, “The door in the wall”, encabezando otros cuentos de H.G. Wells en un tomo publicado por Penguin Books. No hace muchos días que conseguí esta edición en castellano. Y tanto entonces, hace unos cuarenta años, como ahora, la narración me ha parecido genial, una rara joya literaria llena de fuerza poética y con un sutil poder de evocación.
Lionel Wallace encuentra, en su infancia, una puerta verde en un muro. Tras dudarlo mucho, la abre, entra y se ve inmerso en un mundo aparte, fascinante, en el que todo es felicidad y maravilla. El resto de su vida estará marcado por la añoranza de aquel lugar, con cuya entrada se topará varias veces, rechazándola siempre, urgido por cuestiones prácticas: conseguir una beca, una cita amorosa, el poder político… Pero, a pesar de estos tropiezos, el recuerdo de aquel paraíso y la tristeza por su ausencia nunca lo abandonarán. El final, que cada cual interpretará en función de su westalchaung, será demoledor y aleccionador para unos (en burda exégesis positivista) y luminoso y enigmático para otros. Y, admitan o no su validez, todos podrán reconocer en "La puerta en el muro" la idea gnóstica de la nostalgia del ser humano por el lugar ultraterreno del que procede y por la condición desde la que ha caído, idea presente en tantos textos tradicionales, como “El himno de la perla”, por ejemplo, o la obra de Platón. Véase en el Fedro: “Cuando un hombre apercibe las bellezas de este mundo y recuerda la belleza verdadera, su alma toma alas y desea volar; pero sintiendo su impotencia, levanta, como el pájaro, sus miradas al cielo, desprecia las ocupaciones de este mundo…”.

jueves, 26 de mayo de 2016

Una investigación filosófica, de Philip Kerr


Una investigación filosófica
Trad: Mauricio Bach
Editorial Anagrama
Barcelona, 2015

Philip Kerr construye una parodia de la ya paródica obra de Thomas de Quincey “El asesinato considerado como una de las Bellas Artes” al filo de la lógica de Wittgenstein, que se esfuerza en dar fundamento a los crímenes sin motivo o “tipo Hollywood”, como los denominan esos polis británicos del año 2013, aunque ya pasado, futurista porque la novela está publicada en 1992. Que el futuro profetizado no acierte mucho en su profecía, en cuanto a ambiente, tipo de sociedad, etc, es lo de menos. El relato es entretenido y los diversos referentes culturales utilizados en el desarrollo de la trama y la elaboración del contexto, son barajados hábilmente y, de paso, el autor juega a depositar en la mente del lector, al igual que sucede en la humorística obra de De Quincey aludida, deletéreas ambigüedades éticas culminadas por una simpática guinda: ¿Dónde se ha visto que una inteligentísima y guapísima inspectora jefe (de un feminismo de raíces freudianas) se enamore del, igualmente inteligentísimo, asesino? Enclitofilia muy peculiar (toda vez que se manifiesta en una policía) que se produce paulatinamente a lo largo del enfrentamiento dialéctico (y como consecuencia de éste) con el homicida que le supone a Jake, la inspectora, su persecución.
La altura intelectual de los personajes, desde el criminal en serie (el principal, porque hay dos), pasando por alguna de las víctimas que tenemos ocasión de conocer, un asesor filosófico (sic) de Scotland Yard, hasta un poli chino genio de la informática o la misma inspectora Jakowicz, no es lo más común en las novelas del género policíaco. Y eso le da otro sesgo que contribuye a su originalidad. Además, las constantes alusiones a temas filosóficos y literarios obligan a quien quiera hacer una lectura rica del texto a conocer a los autores que se mencionan, Wittgenstein, Bertrand Russell, Platón, etc y lo fundamental de su obra. Aunque no es imprescindible, el nivel de lectura será diferente sin noticia de todo esto.
Una buena novela para un fin de semana nublado y depresivo. Incluye postrera concesión al sentimentalismo que puede ser una buena coartada para llorar por nuestra depresión culpando del llanto a la lectura: “Jake esperó a que retirasen las cámaras de televisión antes de acercarse para ver en la pantalla del cajón lo que estaba tecleando el técnico. Era el epitafio de Esterhazy. Reconoció los versos de La tierra baldía, los que seguían a la aparición de la chica de los jacintos.

Tus brazos llenos y tu pelo mojado, no podía
hablar y me fallaban los ojos, no estaba ni
vivo ni muerto, ni sabía nada,
mirando en el corazón de la luz, el silencio.
Oed’ und leer das Meer.

Jake se secó una lágrima, recogió el jacinto y salió a la luz del sol”.

Y, finalmente, una auténtica sorpresa en un brevísimo colofón de seis líneas en la última página, que va contra toda lógica porque no puede haber sido escrito por quien ha sido escrito y dota al relato de una dimensión mística y epifánica, la misma que ha tardado en ser descubierta en la obra de Wittgenstein y en la que algunos, quedándose en la superficie, aún no han reparado.

viernes, 6 de mayo de 2016

Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot


Nebiros
Edición y epílogo de Victoria Cirlot
Editorial Siruela
Madrid, 2016

Verdadera sorpresa la que me llevé hace unos días al encontrar, en la sección de novedades de una librería, una novela del que considero uno de los mejores poetas españoles, si no el mejor, del siglo veinte y lo que llevamos del veintiuno. Y es que no ubicaba yo a Cirlot dentro del género. Aparte de poeta, lo sabía especialista en simbología, en arte, crítico musical y de cine… Pero, ¿novelista? El encuentro con “Nebiros” fue mi primera noticia al respecto. Y no es raro que, a pesar de haber hecho un seguimiento, si no exhaustivo muy intenso, del autor catalán, nunca me haya topado con ninguna novela suya. Porque esta fue, al parecer y que se sepa hasta la fecha, la única que escribió, allá por 1950. Y el dudoso “mérito” de que no se pudiera publicar y quedase inédita hasta este año 2016 se le debe a la censura franquista. Con motivos (no me atrevo a llamarlos argumentos) tan ridículos que avergonzarían hoy día hasta a una monjita de clausura, fue vetada esta obra dos veces consecutivas por los cancerberos del poder, la moral y las buenas costumbres. A partir de entonces, la trayectoria del libro fue ciertamente rocambolesca. A pesar de que Cirlot, como cuenta su hija en el epílogo, destruyó todo aquello anterior a 1958 que, por una razón u otra, no se había publicado, “Nebiros” se salvó. Victoria Cirlot encuentra casualmente una copia entre finales de los años ochenta y principios de los noventa. Pero la novela parecía escurridiza. Se volvió a extraviar. Hasta que en el año 2015 Enrique Granell y Victoria hallan otro ejemplar en el Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares . Y, esta vez sí, el relato se publica, curiosamente en las fechas en que se cumplen los cien años del nacimiento del poeta. Pero no queda con esto totalmente resuelto el tema. Si la narración no fuese, por sí misma, suficientemente misteriosa al mismo tiempo que esclarecedora, sigue quedando la duda de si la novela que en esta edición leemos está completa o mutilada, debido a posibles aspectos disparejos, en cuanto a presentación (interlineado, por ejemplo), que pudieran haber existido entre las distintas copias. La duda surge porque el que iba a ser el editor en el año 1951-52, José Janés, se dirige al censor diciéndole que el libro tiene doscientas páginas y el censor número 20, el primero de los dos encargados de leerlo, alude a las páginas 157 y 173 cuando el original que Granell y Victoria rescatan en el AGA tiene 148. ¿Texto más apretado en una copia que en otra o falta una tercera parte en esta edición? Tal vez un día lo sepamos. Hasta entonces, si ese día llega, tenemos esta versión, indudablemente interesante. No sólo para los cirlotianos, que cada día engrosan sus filas, sino para todos los amantes de la buena narrativa.
Y, comentando ya un poco el relato, más allá de las peripecias que lo rodean, ¿por qué se llama Nebiros?, ¿qué significa esa palabra? Aunque eso se aclara en el desarrollo de la narración, lo explicaré de pasada sin temor de destripar ninguna clave que deba permanecer en secreto para conservar el interés de la lectura. Nebiros (castellanización de Nebirus) es el nombre de un demonio que el personaje central de la novela (cuyo nombre no sabemos) encuentra en un libro. “Tímidamente, como si se aproximara a una zona enemiga –escribe Cirlot- se fue acercando a los puestos de libros. No veía nada; ni títulos ni portadas. Solo una vibración luminosa y un movimiento de vaivén. Después el campo de su visión se fue tornando nítido y distinguió con precisión un título de letras muy pequeñas, escrito en el lomo de un librito casi oculto entre una masa gris. Decía: Los Secretos del Infierno.



Y, dentro de ese libro:


Nebiros, el demonio del pecado desconocido. Los otros diablos tienen encomendado cada uno un pecado: lujuria, gula, avaricia, etc. De “Nebiros se decía que sus dominios consistían en un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia”. Esta entidad, o su evocación, irá persiguiendo o acompañando a nuestro personaje a lo largo de su periplo a veces atormentado, a veces exaltado o visionario, por la nocturnidad de la ciudad cuyo nombre tampoco sabremos. Alucinaciones o revelaciones alternarán con derrumbamientos anímicos, con fases depresivas y negras, de tintes nihilistas, en un movimiento pendular, casi bipolar, teñido de angustia y luego de esperanzas que a continuación le parecen falsas, ilusorias.
El escenario exterior: una zona miserable, prostibularia, zona de puerto que podría ser Barcelona (que, con toda seguridad, está inspirada en Barcelona). Los espacios en los que, como en casillas de un juego de la oca delirante, va recalando, casas de lenocinio, muelles, bares, plazas, su propio hogar… todos ellos oníricos, todos ellos con sabor a sueños, así como los otros personajes: desde una niña de dos años abandonada en la madrugada fría de una gótica placita solitaria hasta los fantasmales parroquianos de un bar tal vez llamado “Nebiros”, la prostituta de cuerpo monstruoso identificada con la mítica Lilitu bíblica o la mujer de la limpieza que es la chica de ojos verdes que se cruza en su caminata montada en un coche blanco que es su antiguo y único amor que lo abandonó que se llamaba Sybille Schmidt, actriz expulsada del cine por los nazis por no representar el prototipo ario (y es curiosa la repetida recurrencia del autor a actrices en su obra –la Schmidt, Susan Lenox, Inger Stevens o Bronwyn-Rosemary Forsyth-), ecuaciones que no son extrañas en una obra que no deja de recordar, repetida y regularmente, la simultanea multiplicidad y unidad del ser, idea que, junto a otras de filiación gnóstica, oriental o, en cualquier caso, tradicional en el sentido profundo del término tradición, emparentadas con ella, como, por ejemplo, lo ilusorio de lo que percibimos, (Contemplaba los tranvías, los autobuses muy iluminados de dos pisos, y sonreía como el que asiste a una sesión de magia blanca.“Nada de esto existe”, parecía pensar.) y en constante lucha dialéctica con sus aparentemente opuestas, sin que se llegue a una solución final, a una síntesis, sino más bien a unos puntos suspensivos que parecen indicar que la búsqueda, la demanda, continúa siempre, sitúan la novela en el ámbito de un cierto existencialismo que pudo parecerle pesimista a los censores, lo que explica su absurdo veredicto: “Libro fatalista, saturado de contradicciones y pesimismo, cuyo protagonista –un imaginativo sexual, tímido y sin fe-, después de un largo paseo por el barrio de los prostíbulos de su ciudad, en el que se le ocurren los más paradójicos y peregrinos comentarios, llega a la escéptica conclusión que toda ansia de superación y mejora espiritual es inútil”. Genial. Como lector, el censor no merece ni un aprobado raspado. Ni como redactor: véase el imperdonable queísmo. Y, para acabar de rematar su gloriosa intervención, los censores pontifican en el segundo informe: “De una moralidad grosera y repugnante. No se debe autorizar”. En fin. Lo cierto es que la novela, de poético discurso y profundidad filosófica, nos pasea por el rico universo de la estética y las ideas cirlotianas que emanan del resto de su obra. De hecho, el lector atento podrá encontrar resonancias de otros libros de JEC escritos hasta entonces.

jueves, 28 de abril de 2016

Ultramarina, de Malcolm Lowry


Ultramarina
Trad:  Alfonso Llanos
Monte Ávila Editores
Caracas, 1969

Ultramarina fue la primera novela, obra de juventud, de Malcolm Lowry. Narra el viaje de Dana Hilliot, alter ego del mismo Lowry, enrolado en el buque Oedipus Tirannus, desde Inglaterra al Extremo Oriente, y las pruebas que ha de superar en su convivencia con marineros rudos y nobles que lo consideran un niño pijo que se ha metido en el barco por capricho, privando así, seguramente, de la oportunidad de trabajar a algún otro chico que de verdad lo necesitase. En lo que no dejan de llevar razón y que, de alguna forma, es confirmado por el mismo Dana, admirador de aquellos hombres, en ciertos momentos del libro. No es casual que se llegue a hacer alusión a “Capitanes Intrépidos”, de Ruyard Kipling, relato que puede considerarse, en muchos sentidos, gemelo y predecesor de éste. Dana Hilliot no dejará de luchar, en medio de un constante vaivén anímico, bamboleo tan mareante como el del barco o más, por conseguir la aceptación, la complicidad, de sus compañeros de tripulación, por lograr, en definitiva, formar parte de ese grupo que, en principio, lo rechaza. Se trata, por tanto, de una de las llamadas novelas de iniciación, en las que un joven o adolescente aprende a cruzar la barrera que lo separa de la madurez venciendo o sorteando los escollos que forman parte necesaria del camino.
A lo largo de todo ese periplo, Dana Hilliot va haciendo un despliegue de “erudición” en el que parece evidenciar sus conocimientos humanísticos y dominio de múltiples lenguas, cuyas irrupciones (si bien son explicables por el asunto de la ambientación narrativa) pueden llegar a ser un guijarro en el zapato del lector, así como la jerga marinera, aunque ésta está más justificada. Pero, en fin, teniendo en cuenta que estos son ingredientes necesarios en la construcción de un relato de estas características, avanzamos, animados por la indudable calidad e interés del texto, en el que vamos encontrando, sorpresas en la ruta, líneas de tremenda fuerza poética (Ej: El contramaestre decía que las moscas chillaban como “niños que se desangran” al morir sobre los papeles engomados), entre fragmentos en griego clásico y otros en latín atribuidos a Galeno de Pérgamo mezclados con más sacados de poemas de Catulo. Uno se pregunta por la intención del autor cuando induce a Dana a alardear de su superioridad cultural. Y la respuesta podría ser que así señala la distancia a salvar que lo separa de los marinos y que no deja de ser una futilidad comparada con la autenticidad de la experiencia vital de aquellos. En determinado momento, de hecho, se llega a calificar a Dana Hilliot como un “erudito a la violeta”.
En su ansia por estar a la altura de sus compañeros e imitar su comportamiento, Dana libra una lucha en su interior entre su decisión de guardar la promesa de fidelidad dada a su novia y bajar a tierra en los puertos que tocan a estar, como los otros, con prostitutas. Tras capítulos en los que se evidencia esta lucha en un monólogo interior que alterna con fragmentos narrativos, todo ello inmerso en el caos de la borrachera y un ambiente onírico, a veces de pesadilla, el protagonista parece, finalmente, alcanzar un equilibrio y cumplir su rito de paso iniciático.
Quien conozca la obra posterior de Lowry (sobre todo “Bajo el volcán”, novela que releeré y comentaré algún día) no dejará de advertir ciertos precedentes de asuntos (por ejemplo, el infierno del alcoholismo –aparte de que el escritor fuese aficionado a empinar el codo desde muy joven: desde los catorce años- ) que se desarrollarán más a fondo en aquella. Lo que hace pensar en una revisión de “Ultramarina” que, al parecer, llevó a cabo el autor; en la que, por ejemplo, cambió el nombre del barco, de Nawab a Oedipus Tirannus, para que se llamara igual que el que aparece años después en “Bajo el volcán” y en el que se embarca su hermanastro Hughs, personaje de aquella narración.

sábado, 23 de abril de 2016

Tres veces al amanecer, de Alessandro Baricco


Tres veces al amanecer
Trad:  Xavier González Rovira
Editorial Anagrama
Barcelona, 2013

Al llegar a la página 161 de la edición española de Anagrama del año 2012 de Mr Gwyn, de A. Baricco, podremos leer:
“…
-¿Te acuerdas de qué libro es?, preguntó.
-Sí, se titula Tres veces al amanecer. Un buen libro. Breve.”
Un poco más adelante sabremos que el pretendido autor de ese libro es un hindú llamado Akash Narayan.
Aquel libro, inventado en la trama de Mr Gwyn, lo escribió Baricco más tarde. Y es éste que aquí comento y que comienza con la siguiente dedicatoria: A Catalina de Médicis y al maestro de Camden Town.  El lector no sabrá que Catalina de Médicis es una bombilla que parece una lágrima escapada de una araña de luces y el maestro de Camden Town su fabricante, a no ser que haya leído Mr Gwyn. Ni cómo dicha dedicatoria llevará a Rebecca (uno de los personajes de Mr Gwyn) a descubrimientos y constatación de sospechas importantes que no revelé al comentar Mr Gwyn ni revelaré ahora. Al leer este libro Rebecca comenta: “Tres veces al amanecer estaba dividida en tres partes y la primera era muy parecida a uno de los retratos de Jasper Gwyn”. Efectivamente. Eso es básicamente el relato. O los relatos, pues de tres se trata aunque sean variaciones sobre un mismo tema que, fácilmente conjugadas e interpretadas, constituyen una sola historia. Magistral. El “más difícil todavía” circense parece ser uno de los lemas de este autor italiano que no deja de sorprendernos una vez tras otra a lo largo de sus narraciones. Y sin truco, sin “trampa ni cartón”. Una baraja formada por tres sencillos elementos, una mujer, un hombre, el escenario de un hotel, diferentes edades y circunstancias. Y la magia del oficio, el humor y el sentido poético. Aunque la verdad es que el taumaturgo, sin poder traicionar su condición, se guarda una carta en la manga. Desliza, al iniciar Tres veces al amanecer, una pequeña mentira por omisión: “En la última novela que escribí -dice Baricco-, Mr Gwyn, se alude, en un momento dado, a un breve libro escrito por un angloindio, Akash Narayan, titulado Tres veces al amanecer. Se trata naturalmente de un libro imaginario…”. Es verdad. Pero no es toda la verdad. Si desvelase toda la verdad, el novelista se cargaría una de las sorpresas más sabrosas. Así que, con ese escamoteo, que algunos escritores puristas calificarían de deshonesto o, al menos, de poco ortodoxo, desaparece en una nube fugaz que explota en el escenario dando paso a la acción que surge entre su bruma. Una acción que, si bien puede abordarse por sí sola e independientemente de su matriz, Mr Gwyn, como ya advierte Baricco al introducir el libro, también es cierto que adquiere matices y brillos diferentes al conjugarse con la novela que fue su origen, a la que a su vez aporta insólitas luces.
La primera historia narra el encuentro de un hombre de edad madura con una mujer que “Ya no era muy joven, pero esto le sentaba bien, como sucede a veces a las mujeres que no han tenido nunca dudas sobre su belleza”. Tras su final, pasmoso e imprevisto, la segunda historia trata de una descarada y tal vez dulce e indefensa adolescente y un portero de noche, de edad provecta y existencia triste y desgraciada, que la ayuda a escapar de un joven maltratador y violento. En la tercera, y última, una mujer policía de cincuenta y seis años lleva a un niño de trece, que acaba de sufrir una terrible tragedia, desde el mismo sórdido hotel de los otros relatos hasta una casa al lado del mar. En las tres ocasiones la acción trascurre al amanecer y los personajes son los mismos personajes, sólo que sometidos a diferentes posibilidades. Multiplicidad y unidad se confunden y el tiempo juega a distorsionarse mientras Baricco ahonda, como siempre, belleza y arte mediantes, en distintos aspectos de la condición humana: estulticia, sabiduría, desgracia, soledad, amor, solidaridad, cobardía, valor…

martes, 19 de abril de 2016

Plegarias atendidas, de Truman Capote


Plegarias atendidas
Trad: Ángel Luis Hernández
Editorial Anagrama
Barcelona, 2001

En esta su última e inacabada novela, Truman Capote se despacha a gusto con toda la alta sociedad de su entorno. No deja títere con cabeza. Más o menos ocultos tras nombres ficticios, a veces sin ocultarlos, desnuda, pone en evidencia, machaca a ricos, aristócratas, famosos de la pantalla, escritores, cuyos trapos sucios (siempre según Capote, claro) van desfilando ante la atención morbosa del lector. Montgomery Clift es un chupapollas (en el sentido exacto del término), los Kennedy son “como perros”; a Niarchos, que lleva encima “bastante coñac como para conservar en alcohol a un rinoceronte”, lo que le hace feliz es matar. Y, así, van adornando con sus miserias morales y sus caricaturas, a veces crueles, las líneas del relato  Jerry Salinger, Samuel Beckett, Greta Garbo, Sartre, Warhol, Walter Mathau, Tennessee Williams, Gore Vidal, Albert Camus, Peggy Guggenheim y muchos más. De manera que la narración parece el trabajo de un paparazzi literario que, en vez de con su cámara, enfoca y exhibe con sus palabras las partes más innobles de las víctimas destinadas a ser servidas, trufadas de sexo y escándalo, como si de un programa televisivo de los llamados “del corazón” se tratase.
Por lo demás, la novela no reviste mayor interés. Las peripecias del personaje narrador, pícaro amoral, salpicadas aquí y allá de un dudoso humor, no dejan de ser un pretexto, unos anaqueles, un álbum donde colocar los cadáveres despellejados de sus conocidos y amigos que, en cuanto leyeron los capítulos que se publicaron en la revista Esquire, le dieron la espalda al escritor. Según la opinión del que era su editor, Joseph M. Fox, este desastre fue la causa de que Capote abandonase la redacción de esta obra, extremo que el escritor siempre negó. En cuanto a las razones para que llevase a cabo semejante escabechina en la llamada jet-set, existen distintas teorías que, dado que cualquiera de ellas es perfectamente posible, seguramente seguirán siendo siempre eso, teorías: desde la casi psicoanalítica que la interpreta como una llamada de atención que roza lo histérico, un grito de socorro por miedo al abandono que ya, al parecer, sufrió de niño hasta la que la interpreta como una venganza, un ajuste de cuentas, con la sociedad de ricos que lo rodeaba. Es posible que se trate de una de esas cosas o de todas. También es cierto que el mismo autor no sale muy bien parado en el autorretrato que traza en la figura del narrador, su alter ego, personaje  con parámetros éticos en cualquier caso discutibles.
Si, dejando al margen todas estas circunstancias, nos centramos en el texto, está claro que no nos encontramos ante una gran novela ni, aún teniendo en cuenta que se trata de un proyecto incompleto, ni siquiera ante el esbozo de una gran novela. La narración, muy bien escrita (sin duda), no va más allá de ser un conjunto de anécdotas que gustará, seguro, a los amantes del cotilleo. Y, como mucho, es una curiosidad interesante para los admiradores del genial autor de “A sangre fría”.

viernes, 15 de abril de 2016

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq


Ampliación del campo de batalla
Trad: Encarna Castejón
Editorial Anagrama
Barcelona, 2005

Lo que arranca con un humor inteligente e irónico, se va adentrando por terrenos pantanosos en los que la crítica feroz del sistema se cuece en un caldo de amargura, misoginia y misantropía que sólo se atempera, aparentemente, ante los personajes más marginales, como un acto de justicia. Aunque esto no llega a quedar claro. De hecho, al lector no llega a quedarle claro casi nunca cuándo el narrador está hablando en serio y cuándo bromea, así sea con bromas vitriólicas, venenosas. Porque lo que defendió en un momento dado, lo hunde en seguida en el cieno. Así lo hace con la chica gorda y fea que resulta llamarse, para el colmo de los sarcasmos, Brigitte Bardot; así también con su desgraciado compañero de trabajo, Tisserand. Cada personaje que aparece es sometido a una cruel y sangrienta, si es que no también arbitraria, disección. Aparte de, por supuesto, las repetidas muestras de sexismo y racismo: “Lamentaba que Tisserand no hubiera matado al negro”. Él mismo se hace objeto de constantes ideas autodestructivas, a cada paso que va dando, en el hospital, en el psiquiátrico, hasta llegar al amargo desespero final: “…me duele la piel. Estoy en el ojo del huracán. Siento la piel como una frontera, y el mundo exterior como un aplastamiento. La sensación de separación es total; desde ahora estoy prisionero en mí mismo. No habrá fusión sublime; he fallado el blanco de la vida. Son las dos de la tarde”. La lectura de esta novela deja en el lector un sabor depresivo, demoledor, sin que realmente sepa si se encuentra ante un crítico implacable del estado de cosas que escupe en lo políticamente correcto o ante declaraciones, fingidas o reales, de un neurótico, cuya neurosis (eso sí) puede ser resultado del estado de cosas. ¿Nos encontramos ante un texto pensado para escandalizar y, por tanto, para vender o ante una crítica implacable del sistema sin respeto a ninguna idea ni forma y, a veces, ni a la vida misma? Se ha llegado a comparar a Houellebecq con Celine y, a veces, efectivamente, nos lo recuerda.
Este libro nos deja un sabor amargo, aunque ignoramos si es una amargura lúcida y necesaria. Y, lo que es más, no sabemos, insisto, si estamos ante un cínico oportunista o ante un analista implacable y disolvente. Nada de él había leído antes de esto y, excepto de oídas, no lo conocía a pesar de todos los revuelos que ha organizado y que no pueden sino hacerme pensar en campañas de marketing.