Este blog, dedicado al comentario y la crítica de libros, quiere ser tanto un pequeño aporte en el desarrollo de la afición a la lectura como una especie de foro en el que las visitas intercambien opiniones entre sí y con el blogger acerca de las obras expuestas.

miércoles, 15 de enero de 2014

Benzulul, de Eraclio Zepeda


















Benzulul
Fondo de Cultura Económica
México, D.F. 1997

“Benzulul” es el primer libro, tomo de cuentos publicado en 1959, del escritor mexicano Eraclio Zepeda. Con regustos del mejor Juan Rulfo, muy en la línea del llamado realismo mágico, tipo de discurso que el autor construye con la materia prima del habla castellana indígena encauzada en el artificio literario y con otros elementos propios de estas culturas entre los que tienen un especial relieve creencias que el hombre moderno calificaría como supersticiones:  Podría haberse quedado ciego de pronto (por una brujería de la nana Porfiria, o por un mal aire, o por el vuelo maligno de una mariposa negra)”, “La nana dice que uno es como los duraznos. Tenemos semilla en el centro. Es bueno cuidar la semilla. Por eso tenemos cotón y carne y huesos. Pa cuidar la semilla. "Pero lo más mejor pa cuidarla es el nombre", dice. Eso es lo más mejor. El nombre da juerza. Si tenés un nombre galán.. galana es la semilla. Si tenés nombre cualquier cosa.. tás fregado. Y eso es lo que más me amuela. Benzulul no sirve pa guardar semilla”, “Calláte vos, burro. Ingeñero pendejo. Ese no es el que decís. Ese que sopla es el Sur; ¡cómo no lo voy a saber! Es el Sur que nace en el boca del culebra madre. Esa que está por el rumbo de Santa Fe, echada sobre la montaña. Ese que toma viento desde tierra caliente, desde Cinco Cerros, desde Tonalá, desde el mar; desde allá es que lo mete en su cola y lo viene a sacar por el boca cuando yo lo estoy queriendo, cuando yo le grito a mi nana. Ese es el viento, burro, ingeñero pendejo”, “Ya es de nacimiento el andar de andariego. Así es mi natural y ni modo. Fue culpa de mi tata si bien se analiza. Cuando nací, el viejito no se dio prisa pa enterrar mi ombligo que es como debe hacerse, que es como manda la buena crianza. Se descuidó el tata; fue que lo puso sobre una piedra del patio y en lo que fue por un machete, pa hacer el hoyito del entierro, vino una urraca y se llevó mi ombligo pa más nunca. Ansina fue que lo contó el viejito. Y siendo ansina, ¿onde diablos voy a estar quieto? Siempre volando como mi ombligo, que esa fue mi ganancia. Por eso es que no quedo quieto en ningún lugar; pepeno las ganas de jalar veredas. Si me hubieran enterrado el pellejito, otro fuera el cuento”... Una musicalidad casi salmódica, a la que contribuye de tanto en tanto la iteración de alguna frase o período entre párrafos, suturándolos como estribillo, refuerza el aire poético de las narraciones en las que subyace un fondo mítico y una innegable dimensión simbólica. En el relato “Vientooo”, por ejemplo, Matías llama al viento Sur para que se lleve la lluvia y el frío, convencido de que su nahual, su animal totémico, podríamos decir que un trasunto del ángel de la guarda, la serpiente llamada nauyaca, acudirá a sus gritos y traerá el buen tiempo. A lo largo del cuento, el protagonista, entre recuerdos y quejas, se va apagando, desazonándose, quejoso de su vejez. Finalmente, una nauyaca le muerde, lo mata y, con su muerte, aparece el viento Sur y el buen tiempo. Podría verse aquí casi una inversión de valores, una consideración de la muerte inevitable como algo positivo, no como un desastre sino como apertura, como trascendencia a algo mejor, como acabamiento del clima sombrío y nacimiento del sol.
La muerte está presente en cada uno de los relatos del libro y los culmina todos, tanto que se podría decir que es el personaje central. Si en el cuento que acabo de comentar puede tener un significado casi hierofánico, en otros (así en “Patrocinio Tipá”) reviste las características de un fatum de tragedia griega. Pero siempre está ahí, cercana, cotidiana, compañera del ser humano, mostrándose a manera de asesinatos, guerras, venganzas, enfermedades letales, espantos (fantasmas), siempre está como lo está en la vida real del mexicano, hasta el punto de que éste ha llegado a darle una significación muy diferente a la que puede darle el habitante de Europa o de Estados Unidos.