Este blog, dedicado al comentario y la crítica de libros, quiere ser tanto un pequeño aporte en el desarrollo de la afición a la lectura como una especie de foro en el que las visitas intercambien opiniones entre sí y con el blogger acerca de las obras expuestas.

domingo, 11 de mayo de 2014

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, de Emmanuel Carrère


Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos
Philip K. Dick 1928 – 1982
Trad: Marcelo Tombetta
Ediciones Minotauro
Barcelona, 2002

Esta biografía, más que por su autor atraerá la atención del lector y tiene interés por el biografiado, Philip K. Dick, autor, entre otras novelas de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, la obra que dio origen a la película “Blade Runner”, de Ridley Scott. La vida de este escritor de ciencia ficción es un continuo desfile de delirios paranoides que el biógrafo no tiene empacho en subrayar como tales, aunque no deje de hacer algunos guiños que van en la dirección de la siguiente pregunta: ¿se trata realmente de paranoia o estamos ante un visionario? O bien: ¿hay diferencia entre ambas cosas? Lo cierto es que Philip K. Dick deja sobre el tapete en su obra planteamientos muy inquietantes. En la novela a la que he aludido unas líneas más arriba, la que fue llevada al cine con el nombre de “Blade Runner”, por ejemplo, la pregunta, muy directa, atañe a la naturaleza del ser humano: ¿es sólo una máquina que una vez que deja de funcionar se entierra o se quema? ¿o hay algo más que trasciende el cuerpo físico, eso a lo que se suele llamar alma? ¿en que se distingue un ser humano de un robot biónico de tal perfección que lleva incorporado un programa que le permite, además de pensar y poseer una conciencia autónoma, tener recuerdos y emociones? Se trata de un problema filosófico y existencial nada baladí y muy antiguo que  pensadores y científicos suelen despachar con argumentos bioquímicos. Si ellos llevan razón, no hay diferencia ninguna entre ese hipotético robot que, seguro, los técnicos conseguirán construir y un ser humano.
A lo largo de su vida, Dick (lleno, por otra parte, de complejos y problemas de todo tipo) va pariendo y volcando en sus libros toda una serie de ideas que, finalmente, inducen la de que vivimos en una especie de Matrix, en una realidad ficticia inventada y diseñada por no se sabe quién, que oculta la verdadera realidad. Es muy posible que los autores de la saga Matrix se inspirasen en la obra de Dick para hacer sus películas. En cuanto a esa ocurrencia, que constituye una de las conclusiones del ideario (si podemos llamarlo así) del escritor, no deja de trasladarnos inmediatamente al concepto hindú de Maya (ilusión) o al fondo de la alegoría planteada por Calderón en “La vida es sueño”. Por cierto, en determinados trayectos de su vida, sobre todo en sus últimos años, Philip K. Dick se empapará de diversas lecturas esotéricas, incluyendo textos gnósticos, en busca de un fundamento para sus ideas y experiencias. Las anotaciones derivadas de tal inmersión dará lugar a un corpus (ilegible, al decir de Carrère) de cerca de 8.000 páginas a pesar de inacabado, al que su autor llamó Exégesis.
No se puede negar lucidez, incluso sentido de anticipación, implícitos en su obra. La base que puede dar verosimilitud a  sus “enloquecidas” ideas (tal como la existencia de mundos o universos paralelos en los que un mismo ser humano podría estar llevando diferentes existencias ad infinitum) parece estar empezando a tomar forma con los últimos descubrimientos de la Física Cuántica, al menos a un nivel subatómico. ¿Y qué diferencia, me pregunto, tendría que haber entre un nivel subatómico y el macroscópico? ¿Qué diferencia hay en cuanto a comportamiento entre una partícula de ladrillo, el ladrillo y la casa?
Contemplada, sin embargo, desde el punto de vista del más elemental “sentido común”, la vida de Philip K. Dick es la aventura de un orate de libro. Sus aseveraciones serían calificadas como clarísimos delirios paranoicos hasta por el más ignorante en materia psiquiátrica. Pero, dándole la vuelta a la tortilla, él (en sus relatos y en sus convicciones vitales) viene a decir: ¿Y si el mundo real fuese el visto en el delirio paranoico y el visto por los “normales” fuese mentira, un engaño? Tal postura llevará, sin duda, a cualquier persona “sensata” (mi entrecomillado sólo intenta indicar mi convicción de que la sensatez es tan relativa como la locura –ya se sabe el dicho popular: “De poetas y de locos / todos tenemos un poco”), tal postura llevará, digo, en el mejor de los casos a un compasivo y expresivo movimiento de cabeza de significado obvio. Sin embargo, ahí están, sobre el tablero, las disparatadas teorías/experiencias de este escritor americano que, por lo que cuenta Carrère en su biografía, debió de ser intratable en muchas de sus facetas personales; ahí están, insisto, y ahí está también la ciencia que, en sus últimos tiempos, parece empeñada en darle la razón, si no al pie de la letra, sí en lo sustancial.
En el peor supuesto, no olvidemos que grandes genios del arte y la literatura (Van Gogh, Strindberg) vivieron bajo el estigma de la locura.
En última instancia, se trata de un libro de aconsejable lectura, tanto para los aficionados al género de la ciencia ficción como para los interesados simplemente en la naturaleza y la peripecia humana.