Este blog, dedicado al comentario y la crítica de libros, quiere ser tanto un pequeño aporte en el desarrollo de la afición a la lectura como una especie de foro en el que las visitas intercambien opiniones entre sí y con el blogger acerca de las obras expuestas.

viernes, 6 de mayo de 2016

Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot


Nebiros
Edición y epílogo de Victoria Cirlot
Editorial Siruela
Madrid, 2016

Verdadera sorpresa la que me llevé hace unos días al encontrar, en la sección de novedades de una librería, una novela del que considero uno de los mejores poetas españoles, si no el mejor, del siglo veinte y lo que llevamos del veintiuno. Y es que no ubicaba yo a Cirlot dentro del género. Aparte de poeta, lo sabía especialista en simbología, en arte, crítico musical y de cine… Pero, ¿novelista? El encuentro con “Nebiros” fue mi primera noticia al respecto. Y no es raro que, a pesar de haber hecho un seguimiento, si no exhaustivo muy intenso, del autor catalán, nunca me haya topado con ninguna novela suya. Porque esta fue, al parecer y que se sepa hasta la fecha, la única que escribió, allá por 1950. Y el dudoso “mérito” de que no se pudiera publicar y quedase inédita hasta este año 2016 se le debe a la censura franquista. Con motivos (no me atrevo a llamarlos argumentos) tan ridículos que avergonzarían hoy día hasta a una monjita de clausura, fue vetada esta obra dos veces consecutivas por los cancerberos del poder, la moral y las buenas costumbres. A partir de entonces, la trayectoria del libro fue ciertamente rocambolesca. A pesar de que Cirlot, como cuenta su hija en el epílogo, destruyó todo aquello anterior a 1958 que, por una razón u otra, no se había publicado, “Nebiros” se salvó. Victoria Cirlot encuentra casualmente una copia entre finales de los años ochenta y principios de los noventa. Pero la novela parecía escurridiza. Se volvió a extraviar. Hasta que en el año 2015 Enrique Granell y Victoria hallan otro ejemplar en el Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares . Y, esta vez sí, el relato se publica, curiosamente en las fechas en que se cumplen los cien años del nacimiento del poeta. Pero no queda con esto totalmente resuelto el tema. Si la narración no fuese, por sí misma, suficientemente misteriosa al mismo tiempo que esclarecedora, sigue quedando la duda de si la novela que en esta edición leemos está completa o mutilada, debido a posibles aspectos disparejos, en cuanto a presentación (interlineado, por ejemplo), que pudieran haber existido entre las distintas copias. La duda surge porque el que iba a ser el editor en el año 1951-52, José Janés, se dirige al censor diciéndole que el libro tiene doscientas páginas y el censor número 20, el primero de los dos encargados de leerlo, alude a las páginas 157 y 173 cuando el original que Granell y Victoria rescatan en el AGA tiene 148. ¿Texto más apretado en una copia que en otra o falta una tercera parte en esta edición? Tal vez un día lo sepamos. Hasta entonces, si ese día llega, tenemos esta versión, indudablemente interesante. No sólo para los cirlotianos, que cada día engrosan sus filas, sino para todos los amantes de la buena narrativa.
Y, comentando ya un poco el relato, más allá de las peripecias que lo rodean, ¿por qué se llama Nebiros?, ¿qué significa esa palabra? Aunque eso se aclara en el desarrollo de la narración, lo explicaré de pasada sin temor de destripar ninguna clave que deba permanecer en secreto para conservar el interés de la lectura. Nebiros (castellanización de Nebirus) es el nombre de un demonio que el personaje central de la novela (cuyo nombre no sabemos) encuentra en un libro. “Tímidamente, como si se aproximara a una zona enemiga –escribe Cirlot- se fue acercando a los puestos de libros. No veía nada; ni títulos ni portadas. Solo una vibración luminosa y un movimiento de vaivén. Después el campo de su visión se fue tornando nítido y distinguió con precisión un título de letras muy pequeñas, escrito en el lomo de un librito casi oculto entre una masa gris. Decía: Los Secretos del Infierno.



Y, dentro de ese libro:


Nebiros, el demonio del pecado desconocido. Los otros diablos tienen encomendado cada uno un pecado: lujuria, gula, avaricia, etc. De “Nebiros se decía que sus dominios consistían en un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia”. Esta entidad, o su evocación, irá persiguiendo o acompañando a nuestro personaje a lo largo de su periplo a veces atormentado, a veces exaltado o visionario, por la nocturnidad de la ciudad cuyo nombre tampoco sabremos. Alucinaciones o revelaciones alternarán con derrumbamientos anímicos, con fases depresivas y negras, de tintes nihilistas, en un movimiento pendular, casi bipolar, teñido de angustia y luego de esperanzas que a continuación le parecen falsas, ilusorias.
El escenario exterior: una zona miserable, prostibularia, zona de puerto que podría ser Barcelona (que, con toda seguridad, está inspirada en Barcelona). Los espacios en los que, como en casillas de un juego de la oca delirante, va recalando, casas de lenocinio, muelles, bares, plazas, su propio hogar… todos ellos oníricos, todos ellos con sabor a sueños, así como los otros personajes: desde una niña de dos años abandonada en la madrugada fría de una gótica placita solitaria hasta los fantasmales parroquianos de un bar tal vez llamado “Nebiros”, la prostituta de cuerpo monstruoso identificada con la mítica Lilitu bíblica o la mujer de la limpieza que es la chica de ojos verdes que se cruza en su caminata montada en un coche blanco que es su antiguo y único amor que lo abandonó que se llamaba Sybille Schmidt, actriz expulsada del cine por los nazis por no representar el prototipo ario (y es curiosa la repetida recurrencia del autor a actrices en su obra –la Schmidt, Susan Lenox, Inger Stevens o Bronwyn-Rosemary Forsyth-), ecuaciones que no son extrañas en una obra que no deja de recordar, repetida y regularmente, la simultanea multiplicidad y unidad del ser, idea que, junto a otras de filiación gnóstica, oriental o, en cualquier caso, tradicional en el sentido profundo del término tradición, emparentadas con ella, como, por ejemplo, lo ilusorio de lo que percibimos, (Contemplaba los tranvías, los autobuses muy iluminados de dos pisos, y sonreía como el que asiste a una sesión de magia blanca.“Nada de esto existe”, parecía pensar.) y en constante lucha dialéctica con sus aparentemente opuestas, sin que se llegue a una solución final, a una síntesis, sino más bien a unos puntos suspensivos que parecen indicar que la búsqueda, la demanda, continúa siempre, sitúan la novela en el ámbito de un cierto existencialismo que pudo parecerle pesimista a los censores, lo que explica su absurdo veredicto: “Libro fatalista, saturado de contradicciones y pesimismo, cuyo protagonista –un imaginativo sexual, tímido y sin fe-, después de un largo paseo por el barrio de los prostíbulos de su ciudad, en el que se le ocurren los más paradójicos y peregrinos comentarios, llega a la escéptica conclusión que toda ansia de superación y mejora espiritual es inútil”. Genial. Como lector, el censor no merece ni un aprobado raspado. Ni como redactor: véase el imperdonable queísmo. Y, para acabar de rematar su gloriosa intervención, los censores pontifican en el segundo informe: “De una moralidad grosera y repugnante. No se debe autorizar”. En fin. Lo cierto es que la novela, de poético discurso y profundidad filosófica, nos pasea por el rico universo de la estética y las ideas cirlotianas que emanan del resto de su obra. De hecho, el lector atento podrá encontrar resonancias de otros libros de JEC escritos hasta entonces.