Este blog, dedicado al comentario y la crítica de libros, quiere ser tanto un pequeño aporte en el desarrollo de la afición a la lectura como una especie de foro en el que las visitas intercambien opiniones entre sí y con el blogger acerca de las obras expuestas.

domingo, 18 de mayo de 2014

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami


Sputnik, mi amor
Trad: Lourdes Porta y Junichi Matsuura
Tusquets Editores
Barcelona, 2008

Sumire, una chica que, por una caprichosa asociación de ideas, me recuerda a Alejandra Pizarnik. Su amigo, el narrador, cuyo nombre ignoramos (en algún texto interpolado de Sumire, esta le llama K., aunque no queda meridianamente claro si se refiere a él o no). Y Myû, mujer madura, hermosa, rica y enigmática, que irrumpe en la vida de Sumire para cambiarla para siempre y, de rebote, también en la de su amigo, el personaje narrador. Estos son los personajes centrales.
Las primeras páginas de la novela se centran en un retrato minucioso de Sumire, una muchacha fuera de los parámetros convencionales, lectora voraz cuyo objetivo vital casi único es convertirse en una gran escritora. Se narra su historia hasta el momento en el que se sitúa la acción, su tipo de relaciones, su indiferencia por el sexo, que desembocará en el descubrimiento de sus tendencias lésbicas, su intencionadamente desastrada forma de vestir, su rechazo de la forma de vida burguesa. En uno de los capítulos, el personaje narrador, amigo y enamorado sin esperanzas de Sumire, se detiene para describirse a sí mismo.
Pronto aparece en el relato Myû, que conoce a Sumire casualmente en una celebración familiar y revoluciona la vida de la chica, imprimiéndole un cambio radical. Sumire, a petición de Myû, comienza a trabajar con ella como una especie de secretaria. Deja de escribir, cambia su atuendo por otro que realce sus encantos, deja el desastroso apartamento en el que vive y se muda a otro más a tono con su nueva situación, viaja…
Una de las cosas que contribuyen a la afinidad entre ambas mujeres es la pasión de las dos por la música. Música que se hace presente en otras obras de Murakami, con alusión, siempre, a compositores y piezas concretas en los que el autor se recrea.
En un determinado momento de la narración, Murakami introduce el suspense, ese gancho destinado a agarrar al lector hasta el final del libro. No me parece ilegítimo que un novelista lo use. Pero sí creo que debe quedar debidamente justificado. Y en este caso, creo que no es así. Veamos. Gira en torno a dos acontecimientos. El primero es el motivo por el que Myû no puede mantener relaciones íntimas. Le sucede desde “aquello” que pasó. Lo que pasó queda en el más absoluto misterio casi hasta el final. Y la explicación es floja, difícilmente creíble. El segundo, aún más intrigante, es la misteriosa desaparición de Sumire en una isla griega. Esta desaparición, cuya clave aguarda ansioso el lector, queda sin resolver. Sólo al final, en las tres últimas páginas, una llamada telefónica que recibe el personaje narrador nos informa de que Sumire sigue viva. ¿Realmente sigue viva?, ¿es una impostora la que llama?, ¿se trata de un episodio alucinatorio del que relata? (teniendo en cuenta que otros episodios tienen todas las trazas de tratarse de alucinaciones).Y, suponiendo que sea cierto que está viva, ¿dónde está?, ¿qué le ha ocurrido realmente?, ¿cuáles han sido sus experiencias en todo ese tiempo? Todo eso queda en el aire. Murakami ofrece un final abierto o bien (da más impresión de esto) no sabe cómo resolver el desenlace.
Algunos otros fallos menores se “cuelan” a lo largo del texto. Por ejemplo, en la página 144 se dice: “Era poco probable que se hubiera llevado el disquete consigo. El pijama no tenía bolsillos”. Quien dice esto es el personaje narrador. Él no puede saber si el pijama tenía bolsillos o no, puesto que en ningún momento, ni Sumire en las cartas que le dirige ni Myû cuando hace alusión a esta, hacen una descripción de la prenda que incluya ese detalle. Sólo en una historia contada por un narrador omnisciente se permitiría esto. Y no es el caso. O bien, en la página 238, dónde se describe así el momento de un amanecer: “El cielo se vuelve blanco, las nubes corren, los pájaros cantan, se levanta un nuevo día para apropiarse de las conciencias de todos los que habitan este planeta”. Eso “no puede ser y además es imposible”, como diría el Guerra, puesto que cuando en Grecia es de día, en América, por ejemplo, es de noche. Cierto que puede atribuirse a una forma de hablar ligera y poco reflexiva por parte del personaje-narrador, aunque impropia, ¿o no?, de un profesor. Él es profesor.  Siendo benévolos, podemos considerarlo una licencia literaria.
De todas formas, y a pesar de estos defectos, es innegable el oficio de Murakami y la lectura de “Sputnik, mi amor” puede considerarse aconsejable. Yo, por mi parte, continuaré leyendo su obra.