Este blog, dedicado al comentario y la crítica de libros, quiere ser tanto un pequeño aporte en el desarrollo de la afición a la lectura como una especie de foro en el que las visitas intercambien opiniones entre sí y con el blogger acerca de las obras expuestas.

martes, 1 de marzo de 2016

Port Tarascón, de Alphonse Daudet


Port Tarascón
Trad: Teresa Doménech
Editorial Ramón Sopena
Barcelona, 1967.

La novela que hoy comento es la tercera y última de la famosa trilogía que el autor dedicó a Tartarín, ese “Quijote con piel de Sancho”, como lo denominó el mismo Daudet. Las dos primeras fueron “Tartarín de Tarascón” y “Tartarín en los Alpes”. Las tres, disparatadas, rebosan un humor inteligente no exento de una ácida crítica social. Si en la obra inicial el “héroe” gordito y burgués marcha a África a cazar leones y en la segunda se convierte en intrépido alpinista, regalando a cada momento al lector abundantes y sabrosas risas, en esta que cierra la serie el “intrépido aventurero” provenzal será el gobernador de una remota isla, que ha sido “comprada” con la ayuda de un supuesto conde, en la que los tarasconenses pretenden establecer una colonia (Port Tarascón) a la que trasladarse. Pues, como Tartarín dice, “¡Branquebalme querido, estoy descontento de Francia!... Nuestros gobernantes hacen lo que quieren”. A partir de esa sentencia y a lo largo de las tres partes del libro, el regocijo está asegurado. Episodios impregnados de un surrealismo delirante van desfilando sin acabar de agotar nuestra capacidad de sorpresa.
En cuanto al paralelismo que estableció entre el Quijote y Tartarín su propio padre, no es en absoluto descabellado ni gratuito. Ambos, el hidalgo manchego y el aventurero provenzal son unos mitómanos chiflados de aquí te espero. Si uno convierte molinos en gigantes, el otro transmuta burros en leones; si Don Alonso nombra gobernador de una ínsula ideada por bromistas a su fiel Sancho, el otro acaba siendo gobernador de otra no por distinta menos delirante. Si uno es motivo de la perplejidad y la burla de cuantos se cruzan en su camino, así el otro. Víctimas ambos de una sociedad que no comprende sus altos ideales, terminan, de forma similar, poniendo los pies en el suelo, aterrizando vencidos por la vulgaridad del principio de realidad. Señores -dirá uno-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. Y el otro: “¡Ah! ¡Vamos!... ¡Lo de Napoleón! ¡Qué tontería!... El sol del trópico me había calentado los sesos (…). Ahora lo veo claro. Los tarasconenses me han abierto los ojos. Es como si me hubieran operado de cataratas”. Con tal melancólica vuelta a la lucidez, que implica la muerte, acaba, como la de Don Quijote, esta historia; dejándonos, después de tantas risas, un amargo perfume de tristeza.