Este blog, dedicado al comentario y la crítica de libros, quiere ser tanto un pequeño aporte en el desarrollo de la afición a la lectura como una especie de foro en el que las visitas intercambien opiniones entre sí y con el blogger acerca de las obras expuestas.

viernes, 15 de abril de 2016

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq


Ampliación del campo de batalla
Trad: Encarna Castejón
Editorial Anagrama
Barcelona, 2005

Lo que arranca con un humor inteligente e irónico, se va adentrando por terrenos pantanosos en los que la crítica feroz del sistema se cuece en un caldo de amargura, misoginia y misantropía que sólo se atempera, aparentemente, ante los personajes más marginales, como un acto de justicia. Aunque esto no llega a quedar claro. De hecho, al lector no llega a quedarle claro casi nunca cuándo el narrador está hablando en serio y cuándo bromea, así sea con bromas vitriólicas, venenosas. Porque lo que defendió en un momento dado, lo hunde en seguida en el cieno. Así lo hace con la chica gorda y fea que resulta llamarse, para el colmo de los sarcasmos, Brigitte Bardot; así también con su desgraciado compañero de trabajo, Tisserand. Cada personaje que aparece es sometido a una cruel y sangrienta, si es que no también arbitraria, disección. Aparte de, por supuesto, las repetidas muestras de sexismo y racismo: “Lamentaba que Tisserand no hubiera matado al negro”. Él mismo se hace objeto de constantes ideas autodestructivas, a cada paso que va dando, en el hospital, en el psiquiátrico, hasta llegar al amargo desespero final: “…me duele la piel. Estoy en el ojo del huracán. Siento la piel como una frontera, y el mundo exterior como un aplastamiento. La sensación de separación es total; desde ahora estoy prisionero en mí mismo. No habrá fusión sublime; he fallado el blanco de la vida. Son las dos de la tarde”. La lectura de esta novela deja en el lector un sabor depresivo, demoledor, sin que realmente sepa si se encuentra ante un crítico implacable del estado de cosas que escupe en lo políticamente correcto o ante declaraciones, fingidas o reales, de un neurótico, cuya neurosis (eso sí) puede ser resultado del estado de cosas. ¿Nos encontramos ante un texto pensado para escandalizar y, por tanto, para vender o ante una crítica implacable del sistema sin respeto a ninguna idea ni forma y, a veces, ni a la vida misma? Se ha llegado a comparar a Houellebecq con Celine y, a veces, efectivamente, nos lo recuerda.
Este libro nos deja un sabor amargo, aunque ignoramos si es una amargura lúcida y necesaria. Y, lo que es más, no sabemos, insisto, si estamos ante un cínico oportunista o ante un analista implacable y disolvente. Nada de él había leído antes de esto y, excepto de oídas, no lo conocía a pesar de todos los revuelos que ha organizado y que no pueden sino hacerme pensar en campañas de marketing. 

lunes, 11 de abril de 2016

Leviatán, de Paul Auster


Leviatán
Trad: Maribel de Juan
Editorial Anagrama
Barcelona, 2001

Un espacio-tiempo cotidiano, que podría llegar a ser anodino de otra forma, deviene delirante en función del orden y la interrelación entre sus elementos. Y es que hasta lo más alucinante no consiste sino en una reordenación de lo que, a fuerza de ser percibido deja de sorprendernos. Así es desde los más antiguos mitos. ¿Qué es el unicornio sino un vulgar caballo con un cuerno en la frente? Si le ponemos alas, será Pegaso. Ese es uno de los ingredientes mágicos que se utilizan en las artes, en la literatura entre otras, ya sean de tipo fantástico o no. Pues no se trata sino de activar la percepción poética (o estética) en el receptor. Esta técnica no es ajena al enganche del lector en esta novela de Auster, junto a la habilidad para mantener la tensión del suspense. Con estos mimbres y dejándose guiar por una concatenación de acontecimientos que no dejan de recordarnos, con sus consecuencias, a la Teoría del Caos, se lleva a cabo, más en profundidad aunque disfrazado de ameno thriller, un (discutible o no) análisis de la realidad, las relaciones humanas y el conflicto existencial.
El relato consigue, sin duda y a pesar de algunas partes en las que puede resultar un tanto farragoso, entretenernos y atraparnos. Además de, ya queda dicho, por su generosa dosis de intriga, por el magistral dominio de la trama y sus otros elementos y, muy especialmente, por la riqueza de matices y el carácter insólito y complejo de los personajes, ajenos a los valores convencionales.
El argumento central no es, en principio, nada enrevesado. Son sus sucesivas ramificaciones las que nos van conduciendo por una selva de contrastes, coincidencias que parecen mágicas, aparentes sinsentidos… hasta depositarnos en un final que, en honor a la verdad, resulta flojo a tenor de la traca final que durante todo el desarrollo se viene insinuando de forma implícita.
El comienzo de la narración nos informa, en un tono de gacetilla, de la muerte de un hombre que se produce mientras, según todos los indicios, manipulaba una bomba. Otro hombre, escritor, identifica, por datos que deduce de lo que lee en el periódico y de lo que sabe, a la víctima. Se trata de un amigo suyo desaparecido. Consciente de que los medios oficiales darán una versión distorsionada de los hechos, decide escribirlo antes de que la policía llegue a conclusiones y a verdades que no lo son.
Paul Auster juega, a través de diferentes guiños, a hacer creer al lector que está leyendo una novela de fondo autobiográfico. ¿O no es un juego y verdaderamente detrás de toda la historia está la vida del autor? Sea como sea, no es el único elemento lúdico del texto, empapado de este componente; lo que, teniendo en cuenta su dimensión trágica, puede acabar produciéndonos la impresión de quien recibe el regalo más macabro que se nos pueda ocurrir envuelto en un alegre papel de colores.

lunes, 4 de abril de 2016

El hombre de la arena y otros cuentos, de E.T.A. Hoffmann


El hombre de la arena y otros cuentos
Editorial Magisterio Español, S.A.
Madrid, 1972

Aunque el movimiento romántico fue un importantísimo punto de inflexión en la historia de la literatura y muchas de sus obras influencia definitiva y fructífero semillero para las letras posteriores, su producción ha envejecido mal. Efectivamente, mientras que el lector actual sigue disfrutando de literatura de épocas anteriores, como el Romancero, Quevedo o Garcilaso, sin grandes impedimentos, muchos textos narrativos, poéticos, teatrales, de aquella tendencia que acompañó al Mal du siècle se nos caen de las manos debido a un estilo que resulta artificioso y cursi para el gusto de hoy.
Es lo que, en gran medida, ocurre con el libro que comentamos en esta entrada. Traducidos por primera vez, total o parcialmente, al español por Carmen Bravo Villasante para esta edición de 1972, los siete cuentos que integran el volumen no carecen, en absoluto, de interés, siempre que hagamos el esfuerzo de intentar situarnos en el contexto en el que fueron creados para poder, así, tener una perspectiva ecuánime una vez poseamos una cierta visión de los distintos valores que impregnaban la sociedad en la que le tocó escribir a Hoffmann.
Ninguno de los relatos conseguirá despertar la más mínima inquietud (y mucho menos sentimientos de terror o angustia) en el lector de nuestro tiempo, lo que es perfectamente explicable si se tiene en cuenta que, si hay un subgénero que caduque con toda seguridad (llegando muchas veces a provocar más risa que miedo), ese es el género de horror.
Obviado esto, no hay que olvidar que las obras literarias de calidad, si bien pierden con el paso del tiempo algunas de sus virtualidades, pueden conservar determinadas virtudes debidas a la maestría de su creador, virtudes que no están a merced del transcurrir de los años y las modas. Son estos los rasgos que las convierten en clásicos y las hacen merecedoras de seguir siendo publicadas y leídas.
Tendremos, sin embargo, insisto, que enfundarnos en levitas o mirar el mundo a través de los ojos de una frágil damisela que se sonroja ante la más ingenua expresión amorosa o se desvanece por sólo oír nombrar a un hipotético fantasma, acompañados de seres arteros y malvados, los antagonistas que luchan por hacer el mal, para entrar en el universo que Hoffmann nos propone en estos cuentos.
“El hombre de la arena”, relato que abre el libro, arranca con un personaje que a la gente de cierta edad no dejará de recordarle otros ya tradicionales e inmersos en el ideario colectivo: el hombre del saco, los mantequeros, etc. Pronto, como suele ser habitual en este autor, deriva sutilmente hacia parámetros más positivistas, más “realistas”, sin abandonar por eso sus dosis de cursilería romántica pero dotando al terror de una dimensión psicológica más moderna, que otros autores, como Kafka, se encargarán de hacer avanzar sin llegar aún a la otra vuelta de tuerca magistral que nos ofrece, por ejemplo, Borges en narraciones en las que lo fantástico, teñido a veces de un terror que puede llegar a enfermarte, se nos hacen presentes arrojando el reto de su difícil superación. Un ejemplo del genial autor argentino: “Tigres azules”.
Siguen a este primer cuento otros seis, de extensión variable pero todos ellos centrados en apariciones espectrales, vampirismo que más parece necrofagia, algún folletín entreverado de inquietantes sospechas pecaminosas y, aún más, sacrílegas, una narración larga cuyo título, “Datura fastuosa”, planta llamada también “Trompeta del diablo”, constituye una complicada metáfora que implica un cierto conocimiento de esta especie vegetal y sus propiedades para ser entendida, y que ataca y critica duramente la orden de los jesuitas y un cuento final, “La curación”, muy corto y quizá el más flojo.
En todos los textos están presentes el terror, la fantasía, a veces el anticlericalismo y/o una dura crítica a las convenciones morales y sociales de la época, junto a historias y sentimientos de amor, más o menos puro o perverso.
Un buen libro, éste o cualquiera de las compilaciones de sus cuentos hoy día ya suficientemente publicadas en español, para empezar a conocer a un E.T.A. Hoffmann diferente al autor de la historia de Cascanueces que dio lugar al famoso ballet de Tchaikovsky.

lunes, 28 de marzo de 2016

Cartas a Theo, de Vincent Van Gogh


Cartas a Theo
Trad: No figura
Barral Editores
Barcelona, 1972

Vincent Van Gogh, además de ser un genial pintor incomprendido en vida, también escribió. Sobre todo, cartas. En torno a ochocientas, muchas de ellas fueron dirigidas a su hermano Theo, protector y admirador de Vincent a lo largo de sus vidas. De estas últimas figura una notable selección en el libro que comento hoy.
La mayor parte de los textos que integran el volumen se centran en la obsesión de Van Gogh por llegar a comprender y a realizar la esencia de la pintura. Página tras página va detallando a su hermano el trabajo de cada día, la aventura a la que se entrega en la caza del alma de personajes y paisajes, en dibujos, estudios, cuadros, de los cuales envía croquis a Theo, algunos de los cuáles se reproducen en el libro.
Dentro de su preocupación casi exclusiva por la obra, ocupa un lugar preponderante el color, su teoría y su análisis, color del que acabamos descubriendo la dimensión expresiva y simbólica que implica en su creación. tema en el que se extiende hasta el punto de llegar a hacerse pesado en ocasiones para el lector ajeno al arte pictórico, de no ser porque dichas reflexiones, tan extensas a veces, se intercalan entre párrafos que nos muestran al ser humano, sus problemas, su exaltada, auténtica, solidaria y universal espiritualidad, su drama, sus ilusiones, sus altibajos, sus amores siempre frustrados, su trágica enfermedad, su amarga experiencia de marginado que, como suele ocurrir en este mundo, sería, años después de su muerte, elevado a las más altas cumbres dentro de la historia del arte. A veces, él mismo parece predecir eso en sus líneas: “Llegará un día, sin embargo, en que se verá que esto –se refiere a sus cuadros- vale más que el precio que nos cuestan el color y mi vida, en verdad muy pobre”, “…pues, igual que el vino guardado en la bodega será normal que alcance una valoración”…
Y, a pesar de que, en su libérrimo estilo epistolar, salta de un tema a otro, en ocasiones sin lógica ninguna ni ningún tipo de hilazón (quizá a causa de sus crisis mentales), lo que puede hacer farragosa la lectura, no dejamos de encontrarnos muy a menudo con párrafos que muestran a un escritor de altura y a un pensador (tal vez intuitivo) de notable profundidad: 
“Yo confieso no saber por qué será, pero siempre la vista de las estrellas me hace soñar, tan simplemente como me impulsan a soñar los puntos negros que representan en el mapa las ciudades y los lugares. ¿Por qué, me pregunto, los puntos luminosos del firmamento nos serían menos accesibles que los puntos negros en el mapa de Francia?
Si tomamos el tren para irnos a Tarascón o a Ruán, tomamos la muerte para irnos a una estrella.
Lo que es realmente cierto en este razonamiento es que, estando en vida, no podemos irnos a una estrella; lo mismo que estando muertos no podemos tomar el tren.
En fin, no me parece imposible que el cólera, el mal de piedra, la tisis, el cáncer, sean medios de locomoción celeste, como los barcos a vapor, los ómnibus y el ferrocarril, lo son terrestres.
Morir tranquilamente de vejez sería ir a pie”.
(…)
“Me encontraré entonces con que no sólo las Bellas Artes, sino también todo lo demás, no eran más que sueños, que uno mismo no era nada. Si somos tan ligeros como esto, tanto mejor para nosotros, ya que nada se opone entonces a la posibilidad ilimitada de la existencia futura. De donde se explica que en el caso actual de la muerte de nuestro tío, el rostro del muerto estaba calmo, sereno y grave. Cuando es un hecho que en vida él no era así, ni con mucho, ni siendo joven ni cuando viejo. Tan a menudo he comprobado un efecto como este al observar a un muerto profundamente, como para interrogarlo. Y esto es para mí una prueba, no la más seria, de una existencia de ultratumba.
Igualmente un niño en la cuna, si se lo mira cómodamente, tiene el infinito en los ojos. En total, yo no sé nada, pero precisamente este sentimiento de no saber hace la vida real que vivimos actualmente comparable a un simple viaje en un ferrocarril. Se va rápidamente, pero no se distingue ningún objeto de cerca, y, sobre todo, no se ve la locomotora”.
(…)
“Sufrir sin quejarse es la única lección que hay que aprender en esta vida”.

“Cartas a Theo” es, por tanto, un libro de obligada lectura para artistas pintores, críticos de arte y otros profesionales de ese ámbito y muy conveniente para los admiradores de Van Gogh y los aficionados tanto a los materiales biográficos como a la buena literatura en general.

martes, 1 de marzo de 2016

Port Tarascón, de Alphonse Daudet


Port Tarascón
Trad: Teresa Doménech
Editorial Ramón Sopena
Barcelona, 1967.

La novela que hoy comento es la tercera y última de la famosa trilogía que el autor dedicó a Tartarín, ese “Quijote con piel de Sancho”, como lo denominó el mismo Daudet. Las dos primeras fueron “Tartarín de Tarascón” y “Tartarín en los Alpes”. Las tres, disparatadas, rebosan un humor inteligente no exento de una ácida crítica social. Si en la obra inicial el “héroe” gordito y burgués marcha a África a cazar leones y en la segunda se convierte en intrépido alpinista, regalando a cada momento al lector abundantes y sabrosas risas, en esta que cierra la serie el “intrépido aventurero” provenzal será el gobernador de una remota isla, que ha sido “comprada” con la ayuda de un supuesto conde, en la que los tarasconenses pretenden establecer una colonia (Port Tarascón) a la que trasladarse. Pues, como Tartarín dice, “¡Branquebalme querido, estoy descontento de Francia!... Nuestros gobernantes hacen lo que quieren”. A partir de esa sentencia y a lo largo de las tres partes del libro, el regocijo está asegurado. Episodios impregnados de un surrealismo delirante van desfilando sin acabar de agotar nuestra capacidad de sorpresa.
En cuanto al paralelismo que estableció entre el Quijote y Tartarín su propio padre, no es en absoluto descabellado ni gratuito. Ambos, el hidalgo manchego y el aventurero provenzal son unos mitómanos chiflados de aquí te espero. Si uno convierte molinos en gigantes, el otro transmuta burros en leones; si Don Alonso nombra gobernador de una ínsula ideada por bromistas a su fiel Sancho, el otro acaba siendo gobernador de otra no por distinta menos delirante. Si uno es motivo de la perplejidad y la burla de cuantos se cruzan en su camino, así el otro. Víctimas ambos de una sociedad que no comprende sus altos ideales, terminan, de forma similar, poniendo los pies en el suelo, aterrizando vencidos por la vulgaridad del principio de realidad. Señores -dirá uno-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. Y el otro: “¡Ah! ¡Vamos!... ¡Lo de Napoleón! ¡Qué tontería!... El sol del trópico me había calentado los sesos (…). Ahora lo veo claro. Los tarasconenses me han abierto los ojos. Es como si me hubieran operado de cataratas”. Con tal melancólica vuelta a la lucidez, que implica la muerte, acaba, como la de Don Quijote, esta historia; dejándonos, después de tantas risas, un amargo perfume de tristeza.

sábado, 27 de febrero de 2016

Cartas desde mi molino, de Alphonse Daudet


Cartas desde mi molino
Trad: Pedro Darnell
Salvat Editores
Navarra, 1972.

En este libro, compilación de pequeños relatos publicados previamente en la prensa diaria, el creador del entrañable y desternillante Tartarín, se sitúa imaginariamente en un molino de su querida Provenza para contar desde allí a los lectores historias que, a veces, poco tienen que ver con aquel entorno. Porque, si bien es verdad que nos conmoverá con narraciones allí ubicadas, como la de “La diligencia de Beaucaire” y el desgraciado afilador, “El secreto de maese Cornille”, el pobre molinero enloquecido, o “La Arlesiana” y su terrible tragedia, y nos arrancará sonrisas con “La mula del Papa”, que esperó siete años para vengarse con una coz” o “El elixir del reverendo padre Gaucher”, también es verdad que, de pronto, Daudet se nos larga a África y a los recuerdos de sus vivencias allí, de un claro regusto colonialista que no agradará mucho e incluso ofenderá, tal vez, a determinadas sensibilidades (a las que aconsejo que se abstengan de esta lectura).
Mas, cuestiones ideológicas y políticas aparte, es justo dejar claro que la prosa de este escritor francés, plena de oficio y rezumante de un sentido poético que no le impide el dibujo naturalista de los entornos geográficos y humanos en que se mueve, figura, con pleno derecho, entre las mejores.

jueves, 11 de junio de 2015

Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski























Crimen y castigo
Trad: José Fernández
Editorial Juventud
Barcelona, 1995

En la Rusia zarista inmersa en la miseria que sería el caldo de cultivo de la revolución bolchevique, arrojado por las circunstancias a esa misma pobreza extrema de la que es testigo, influido por las ideas nihilistas tan de moda entonces y allí, el joven estudiante Raskolnikof, sumido en un continuo estado febril y delirante, va decidiendo (y lo pongo en este tiempo verbal porque lo hace poco a poco, tropezando a cada momento con dudas sobre la conveniencia y lo correcto de tal acción) matar a una vieja usurera con el objeto, al menos aparente, de robarle para resolver sus problemas económicos.
Perpetrado el crimen, en el que cae también una segunda víctima que su autor no tenía prevista, Raskolnikof se abisma en un tormento mental y anímico compuesto por remordimientos, miedo, ideas paranoicas, autoindulgencia basada en una supuesta superioridad (de la que no acaba de estar convencido) que está en la base de su delirio, sentimientos que se van alternando a lo largo de la novela y creando, junto a sus otros componentes, un ambiente denso, sofocante, de auténtica pesadilla a veces.
Estamos, nadie lo duda, ante una de las obras maestras de la literatura universal. Aunque la estructura del relato no es, ciertamente, innovadora, sí lo son los retratos de los personajes y la tesis propuesta.
Exceptuando a unos cuantos integrantes del plantel de la narración (como Lisbeth –la hermana de la usurera-, que cae por accidente en el asesinato, o Sonia, la dulce Sonetchka), casi ninguno es bueno ni malo. Esta ambigüedad moral, que no puede sino recordarme a Robert Louis Stevenson y a sus héroes Jekill y Hide o a John Long Silver en “La isla del tesoro”, pueden calar en el lector hasta el punto de apelar a su sentido crítico y de tolerancia (citando la frase evangélica: “El que esté libre de pecado…”). Están, efectivamente, muchos de los personajes de “Crimen y castigo” (también los de gran parte de su obra) dibujados con la técnica del claroscuro. Si son capaces de verdaderas atrocidades, también lo son de acciones generosas, heroicas a veces, piadosas. Y en ese mismo sentido se dirige la tesis del relato. El bien y el mal quedan difuminados en medio de la miseria y las pasiones humanas. Parece no haber salida para este dilema. Parece que el nihilismo se llevará el gato al agua. Pero no. En medio de esa desesperación, de ese dolor insufrible de la ambivalencia, Sonetchka, acusada cruelmente de pecadora por muchos de los que la rodean, representante en realidad del amor más puro, verdadero ángel luminoso, salva a Raskolnikof y a sus compañeros de prisión (“…tú eres nuestra tierna y protectora madrecita”, le dicen) de la desesperación, del horror; y a los lectores del que habría podido ser un triste final. “Crimen y castigo” es una novela que acaba bien; que, a pesar de su atmósfera de pesadilla (que no hace sino retratar nuestro mundo) nos arroja un aliento de esperanza, no nos hunde irremisiblemente en su cieno. Al terminarla, podría perfectamente ocurrírsenos aquel dicho popular, “Dios aprieta pero no ahoga”. Yo no sé. Me gustaría creerlo pero no sé. En cualquier caso, todo aquel (o aquella) que no lo halla hecho, debería leer esta novela. Imprescindible.